Lo que nos hace humanos
entre limones del mediterráneo
Estoy en Sicília. Es domingo de primavera y estoy paseando por Ortigia, la parte más antigua de Siracusa. Hace un sol maravilloso y el mar está espectacular: limpio, turquesa, fresco.
Nos hemos colado en un edificio abandonado, uno de tantos. Parece una antigua caserna o algo militar. Paredes de piedra blanca, ventanas rebentadas y en el interior, un patio columnado precioso, comido por las hiedras. Hay mierda de paloma por todos lados y un gato nos mira desde un rincón, con esos ojos del que ha visto mucho y ya no se sorprenden por tres guiris con cara de flipadas.
Nos hemos enamorado. Y a quien se enamora, se le hincha el pecho y todo ese amor rebosa en forma de ideas locas. ¿Compramos esto y montamos un hotel frente al mar? ¿No sería increíble este patio con unas pocas mesas, velas, una bouganvilla que trepe hasta el cielo? Mira ese ventanal, ¿te imaginas ahí arriba una biblioteca, y unas butacas para ver atardecer? Mierda, ya no quiero otra cosa que la vita lenta siciliana.
Cojo el móvil y hago un vídeo corto de las olas rompiendo en la pequeñísima cala que da a este edificio. La IA de Instagram sabe de uno y de leer las imágenes, así que recomienda la música según la historia que quieres subir.
Otro día hablamos de lo aburrido que es el mundo con algunos de estos algoritmos. Siempre lo mismo, una espiral cada vez más profunda que limita la diversidad y te muestra lo mismo, lo mismo, lo mismo, una y otra vez, cada vez más.
Una de las primeras que me aparece: Respirar con las olas, se titula. Muy adecuado, pienso. Escucho la letra, me encanta la melodía, la voz de ella. Dale, me gusta. Subir.
El caso es que por la noche quise buscar esta canción en Spotify, ver otras canciones de esa artista. Me quedo a puto cuadros: es un robot. Es una canción hecha con IA.
Quizás es una chorrada y habrá gente que no le dará importancia. A mí esto me ha marcado profundamente. Empiezo a dudar de lo que es real y de lo que no. Porque hasta ese momento podía detectar si algo estaba hecho por una persona: textos, imágenes, canciones. Pero ya no.
No soy la única que se pregunta ahora: entonces ¿qué es lo que nos hace humanos?
Hasta ahora podíamos decir que la creatividad. Que el lenguaje. Que nuestra capacidad cognitiva. Nuestro cerebro nos ha distinguido del resto de animales. Algunos saben volar, otros correr a toda leche o ver en la oscuridad. Nosotros tenemos nuestra imaginación. Nuestra capacidad de crear, de imaginar, de expandirnos hacia lo imposible.
Escribir era MI cosa. No solo mi trabajo. No solo mi love language. No solo mi forma de comunicarme. También era la vía por la que me entiendo. Mi refugio.
Ahora es distinto. A nivel colectivo, escribir ha perdido la gracia. Se ha vanalizado, como tantas otras vías de expresión creativa. Ya no cuesta, ya no nos diferencia. Le preguntas a la IA y en tres segundos te hace un mail, una canción, una carta de amor. ¡Una carta de amor! Como si supiera lo que es desgarrarse por dentro por un amor imposible…
El otro día escribía un breve texto que encabecé: cuanto más digital se vuelve el mundo, más valor adquiere lo analógico.
¿Será ese, el refugio de los humanos ahora?
Esta semana se celebra en Atenas el World Beautiful Business Forum. Le llaman el “The most human gathering for the more-than-human world”. Si hasta ahora hablábamos de cómo traer las humanidades a los negocios, ahora el asunto se ha vuelto algo más global… Cómo traer las humanidades al mundo.
Empiezo a obsesionarme con el tema, me resisto a pensar que el romanticismo ya no tenga cabida en este mundo. Y la IA no es romántica. Es práctica, es útil, es rápida. Pero no es seductora, ni misteriosa, ni enigmática. Es simplemente programación.
Si podemos recrear con ordenadores lo que nos distinguía como seres humanos, ¿qué es lo que nos hace humanos entonces?
Juntarnos será ahora nuestro refugio.
Hace diez años fue una de mis obsesiones y creé The Meet Club. En la web, escribí:
A todos nos encanta salir y juntarnos, no hay nada comparable a un buen abrazo y una buena conversación con gente interesante.
Llevamos juntándonos desde hace siglos y aquí seguimos, generación tras generación inventándonos excusas para seguir haciéndolo…
The Meet nace con este mismo espíritu. Nada nuevo.
Pero en The Meet lo hacemos con intención. Todo distinto.
Pues nada nuevo y todo distinto. The Meet retoma los encuentros y con novedades. Han empezado las cenas a puerta cerrada para profesionales y emprendedores, son los Círculos by The Meet. Y de ahí, más.
Porque me resisto a un mundo práctico, tan poco seductor, y me resisto a colapsarme por el aburrimiento algorítmico.
Mejor nos vemos y nos damos un abrazo, ¿no?

